Por: Antonio Soto

En una clase de universidad ‒ya hace algunos años‒, me explicaron un simple concepto sobre el tiempo que nunca antes había escuchado. Hasta ahora, tampoco se lo había explicado a nadie, pero está englobado en mi slogan de Twitter:
“conquistador del tiempo y amante de la vida”… Pues bien, aquí lo trato de describir:

El tiempo pasa, ha pasado y pasará por igual para todos. Pero el tiempo, aunque se mida en segundos, décadas y siglos, siempre correrá más lento para unos y más rápido para otros. Y no me refiero precisamente a la teoría de Einstein…algunas personas, al término del día, tendrán la percepción de que sólo habrán pasado unas cuantas horas, y se preguntarán, por tanto, por qué el día tiene tan pocas horas. En cambio, quien espera en la fila de un banco pensará que los segundos son horas… O pregúntate tú, que día pasó más rápido, un viernes o un lunes; o también lo rápido que pasó el tiempo cuando estabas con la persona que te gusta. Por eso, al final el tiempo es relativo, porque depende de la energía que se le imprima y del sentimiento que se tiene en cada determinado momento, son esos sentimientos los que hacen del tiempo parecer mágico cuando se esta con esas personas con las que solo se disfruta de su presencia.

Aunque parezca que varias personas están haciendo lo mismo al mismo tiempo ‒por ejemplo, una hora de fila‒ unos simplemente harán la fila durante esa hora y nada más; en cambio, otros aprovecharán el mismo tiempo para realizar otras cosas (reflexionar cómo solucionar un problema, tomar notas, obtener conclusiones variadas de lo que pasa alrededor, descansar, etc.). Al final, mientras a algunos esa hora les aportó como personas, otros no sufrieron ningún cambio.

Por lo tanto, la velocidad del tiempo para algunos pasará más rápido que para otros. Se podría pensar que esta velocidad heterogénea del tiempo depende de las circunstancias y momentos de la vida, pero, en realidad, muchas veces depende y ha dependido de nosotros. He aquí el valor del aprovechamiento del tiempo: cuando lo utilizamos para adquirir valor como personas, lo conquistamos; cuando lo desperdiciamos, en cambio, es el tiempo el que nos conquista.

Pero la clave no está en hacer muchas cosas, sino en realizar lo que corresponde en determinado momento, bien hecho, y, dentro de lo posible, con anticipada planeación. No se trata de hacer todo lo más rápido posible. Muchas veces, realizar algo pausado y lentamente ahorra mucho tiempo en el futuro. Asimismo, una cosa de calidad, aunque cueste más que otra que cumple con la misma función, traerá más ahorros a largo plazo.

Aquí hay que evitar un malentendido: no me refiero a que siempre se deben realizar cosas que directamente se entienden como “productivas” ‒estudiar, trabajar, etc‒. Conquistar el tiempo va mucho más allá: es saberse tomar una cerveza después de habérsela ganado, pasar tiempo de calidad con tus hijos (escuchando a veces preguntas “tontas” de parte de ellos), hablar con una amiga de cosas que hace falta contar, ver una película en familia, dar un paseo por el parque, o ayudar a un enfermo. Este tipo de actividades también son necesarias y te hacen crecer como persona. Descansar y despejar la mente, cambiar un poco la rutina, hacer que la vida no sea monótona… son un complemento importante para que todas las demás cosas salgan bien.

Me gusta asociar las competencias de natación o ciclismo de pista en los Juegos Olímpicos como un ejemplo clarísimo de la importancia del tiempo. Allí, centésimas o milésimas de segundo hacen la diferencia entre la medalla de oro y de plata. Esa mínima diferencia representa para un deportista olímpico miles de horas de sudor, planeación y trabajo, y de entre todas las variables posibles la variable de haber entrenado una hora mas que el otro puede resultar en el efecto de una milésima de segundo.

Mostrando así que el correcto uso del tiempo, tal vez no tenga repercusión inmediata, pero sin embargo, los resultados irán surgiendo poco a poco, se evitarán situaciones inoportunas y nuevas oportunidades irán apareciendo.

Maximizando el significado del tiempo, podemos comparar nuestro tiempo de vida con la eternidad ‒el tiempo que ha pasado y que vendrá‒. Vivimos un tiempo que, en matemáticas, sería definido como “≈0” (casi igual a cero) y, sin embargo, en este insignificante período de tiempo, (representando la milésima en un deportista olímpico) hay personas que han logrado incidir en el tiempo y en el rumbo de cada individuo existente en el futuro de la humanidad. Encontramos miles de estas personalidades en cada campo específico, pero traigo aquí como ejemplo directo el de Henry Ford. Con la producción en masa del automóvil, logró que nos ahorremos mucho tiempo en movernos de un punto A a uno B. Vemos así que las personas que sueñan en grande ‒desgraciadamente, también se puede incidir negativamente‒ no solo logran influir a sus cercanos, sino también en el tiempo de las generaciones futuras de la humanidad. Asimismo, no hay que olvidar a tantos que pasan desapercibidos, pero que están aportando a construir un peldaño más de la escalera que algún día otra persona subirá.

Resulta curioso que nosotros queramos vivir la mayor cantidad de años posibles. Queremos que el tiempo dure mucho, pero éste pasará más rápido mientras no lo desperdiciemos y estemos a mil por hora. Es decir, el tiempo pasará lento para los que tienen una vida aburrida. Imagina, por ejemplo, a dos personas que vivieron 80 años. Una llevó una vida monótona, y la otra, una vida muy activa. Pareciera, por tanto, que la activa habrá vivido menos tiempo que la otra. Sin embargo, al final, lo que importa no son los años de la vida, sino la vida que se le haya puesto a los años.

El autor es ingeniero industrial egresado por la Universidad Panamericana actualmente reside en Alemania; apasionado a los deportes de resistencia y curioso por las distintas formas de actuar en la sociedad.

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