Cracovia, 26 de octubre de 1914

Apreciable señor Wittgenstein, le parecerá un disparate
de mi parte, estando la humanidad en la situación actual,
que yo, un demente, le ruegue conocerlo. Intuyo
que el desvarío me lo ha contagiado este siglo, ¿o ha
sido al revés? A causa del precario estado de salud mental
en que me encuentro (demencia precoz, por decreto
médico), se me mantiene encerrado desde hace una
semana, bajo observación; receta que juzgo chusca,
pues mi malestar se debe a la natural inclinación que
tengo a observar.

Mientras escribo dentro del pabellón de alienados
del Hospital de La Guarnición número 15 de Cracovia,
comparto el desconsolador espacio con un teniente que
padece delirium tremens, o síndrome del borracho empedernido.
Desde aquí escucho con claridad y constancia
los gritos de otros locos que, como yo, habitamos esta
galería y la que está arriba de nuestras extraviadas cabezas.

A pesar de que conservo un libro de poemas de
Johann Christian Günther: «Voy a donde es del destino la llamada…», no encuentro un momento de paz.

Mi mente no puede detener el bombardeo de memorias,
añoranzas y culpas, reproches y rechazos; entre tanto la
presión concentrada en las sienes y el sudor incontrolable
se han convertido en un fardo difícil de sobrellevar.
¿Cree usted que, en situación parecida, exista alguien
que acepte escucharme? Repito: escucharme, no oír la
sarta de estupideces que se suelen decir por ahí.
El admirable y muy querido amigo Ludwig von
Ficker vino un par de días a Cracovia con el propósito
de encontrarse conmigo y alentarme; exhorto del amigo
incondicional que esta vez tuvo apenas efecto en mi
ser indiferente. Se presentó en el hospital y consiguió
verme. Al menos logré entregarle el último trabajo que
escribí. Dos poesías donde narro un lamento y la inmensa
miseria de la tierra. Después de terminar el trabajo,
vino el letargo. Al contemplar mi lamentable estado,
Von Ficker decidió prolongar su estancia en Cracovia
unos días y vino a visitarme cada tarde, siempre armado
de una charla bien dispuesta y con su natural entusiasmo.

Un día antes de su partida, mencionó el sorpresivo
encuentro que tuvo con el artista Józef Hofmann a
unas calles de aquí. Von Ficker le habló de mí, prometió
enviarle parte de mi trabajo, de mi poesía. ¿Imagina la
vergüenza al recrear tal escena? Un gran virtuoso y mi
entrañable amigo comentando el funesto destino de un
miserable, su servidor: un loco, un desertor.

Ante mi indolencia, que fue más bochorno que otra
cosa, Von Ficker cambió de conversación y condujo
el diálogo a alabar la belleza de esta ciudad, el interés
que ofrecen sus monumentos, la arquitectura. Entonces, por magia, como si un remoto sonido de alerta colmara
su pecho, describió la iglesia de Santa María.
—Una maravilla gótica —dijo.
Y se lanzó con voz de tenor en el detallado recuento
del exquisito altar de madera; vibraba, esculpía con
palabras aquella figuración; envidié su vigor. Sin duda
es un hombre de altísima sensibilidad. Mi apatía habrá
aquietado su fervor y la mirada de entusiasmo cambió
por una de afecto. Volvió a lo íntimo. Contó novedades
sobre su familia, esposa e hijas, a quienes tengo en gran
estima; logró sacarme un esbozo de sonrisa. Mencionó
que en su casa de Innsbruck siempre esperaba una
habitación para mí, colmada de flores y tranquilidad.
Al verme más animado, procuró discutir sobre algunos
detalles del libro de poemas de mi autoría, pero no
adivinó que sus palabras amorosas poco conmueven a
un ser desesperado. Luego, ofreció tabaco y cambió de
tema: lo mencionó a usted. Aseguró su presencia a unos
cincuenta kilómetros al noreste de Cracovia, en servicio,
patrullando en un buque en el río Vístula. Parecerá
inusitado, y lo resultó aún más para mí, pero la noticia
de su cercanía provocó una enorme esperanza. Tanta,
que solté el pitillo que apenas me obsequiara. La mirada
astuta del amigo se clavó en la mía; en seguida, con
tono suave, preguntó si deseaba escribirle una nota que
él enviaría de inmediato.
—Una postal —señaló.
Asentí. Prendió fuego, levantó el cigarrillo del suelo,
aspiró profundamente, echó la bocanada poco a
poco y lo colocó en mis labios. Me palmeó la espalda.
Sacó una postal de su chaqueta: —Querrá que Ludwig Wittgenstein lo visite a su llegada
a Cracovia —y tendió la pluma.

 Fragmento del libro  Apreciable Señor Wittgenstein de Adriana Abdó publicado en el sello Tusquets, © 2017, Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

 

 

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